Simple, profundamente humana, con un revés de melancolía, belleza estética y un contexto realista que permita entrever una crítica a la sociedad capitalista. Esa sería más o menos la descripción de mi película perfecta. Exagerar o ser demasiado cauto con alguno de los ingredientes puede arruinar cualquier film, pero La Pivellina tiene dosis justas de cada uno y además suma tanta ternura que conmueve. Ternura del mundo real, enmarcada dentro de la vida de una pareja que vive literalmente al margen, en las afueras de Roma, en las afueras de la ley, de la sociedad establecida, de lo que los demás dicen que está bien o está mal. Un circo sin payasos, pero lleno de amor.
Me fui del cine pensando en Aia, en su sonrisa, en su ingenuidad, en su naturalidad, en su encanto que le dio tanto encanto a la película de los italianos Tizza Covi y Rainer Frimmel. Me fui pensando en el cine, en la magia del cine, en que aburrida, monótona y amarga sería la vida sin el cine.
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12.7.10
La pivellina
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Cine,
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